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O Fortuna
«Maestro ‑‑dije yo‑, dime ¿quién es esta
Fortuna a la que te refieres
que el bien del mundo tiene entre sus garras?»
Y él me repuso: «Oh locas criaturas,
qué grande es la ignorancia que os ofende;
quiero que tú mis palabras incorpores.
Aquel cuyo saber trasciende todo,
los cielos hizo y les dio quien los mueva
tal que unas partes a otras se iluminan,
distribuyendo igualmente la luz;
de igual modo en las glorias mundanas
dispuso una ministra que cambiase
los bienes vanos cada cierto tiempo
de gente en gente y de una a la otra sangre,
aunque el seso del hombre no lo entienda;
por lo que imperan unos y otros caen,
siguiendo los dictámenes de aquella
que está oculta en la yerba tal serpiente.
Vuestro saber no puede conocerla;
y en su reino provee, juzga y dispone
cual las otras deidades en el suyo.
No tienen tregua nunca sus mudanzas,
necesidad la obliga a ser ligera;
y aún hay algunos que el triunfo consiguen.
Esta es aquella a la que ultrajan tanto,
aquellos que debieran alabarla,
y sin razón la vejan y maldicen.
Mas ella en su alegría nada escucha;
feliz con las primeras criaturas
mueve su esfera y alegre se goza.
Ahora bajemos a mayor castigo;
caen las estrellas que salían cuando
eché a andar, y han prohibido entretenerse.»
Dante Alighieri, La Divina Commedia, Setimo canto
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